Sor María Angélica Álvarez Icaza (1887-1977)



María Concepción Álvarez Icaza nació el 17 de diciembre de 1887 en Ciudad de México. Fue la quinta de 10 hijos de un matrimonio profundamente cristiano. Niña muy precoz, demostró tener un temperamento duro y un fuerte sentimiento religioso que encontró terreno fértil en el hogar. La primera prueba difícil para Conchita sería la pérdida de su madre en 1896: "el primero y el dolor más grande de mi vida", dice la Sierva de Dios. En este difícil trance, Conchita, ante la imagen de Nuestra Señora de Loreto, exclamó: "A partir de hoy vas a ser mi madre”. La experiencia del dolor la hizo madurar y la convirtió en discípula aventajada en la escuela del sufrimiento.

El 6 de enero de 1905 partió hacia Morelia (Michoacán) para ingresar el día 8 en el monasterio de la Visitación de Santa María. Tenía 17 años. El 23 de junio vistió el santo hábito y recibió el nombre de Sor María Angélica. El 26 de junio de 1906 hizo su profesión simple. Estos años cimentaron sus experiencias místicas, siendo su misión ante Dios la de ser testigo de los encantos del Amor Divino. La ofrenda de su  vida en unión con Jesús, la hizo elegir voluntariamente las penitencias corporales: “Con cuánta delicadeza Dios me hizo enamorarme del sufrimiento, desde mis años jóvenes”, relata en sus Memorias. Se ofrece entonces como víctima expiatoria al Amor Divino, especialmente por la conversión de México y su regreso al catolicismo.

Tal es mi miseria que aun después de haber recibido tantos y tales dones de Dios, aún retrocedo ante el dolor. Me refiero a la acción de grabar sobre mi pecho con un hierro ardiendo el nombre de JHS. Sentía una extrema repugnancia y delante de Dios me avergonzaba de mi cobardía. En efecto, aunque el espíritu estaba pronto, la carne flaca rehusaba sufrir, y así en el momento de aplicar el hierro enrojecido me faltó el valor y dejé caer el instrumento. Éste volvió al fuego, y por fin lo apliqué, pero me quedé tan avergonzada delante de Dios que ni me atrevía a hablarle… Pasé la oración pidiendo perdón por mi cobardía”.           

Gran parte de su vida religiosa transcurrió durante la persecución de los católicos en México. Fue exiliada con su comunidad a España durante 32 años (1916-1948), primero a Madrid y después, debido a un principio de tuberculosis, a San Lúcar de Barrameda (Cádiz). En España sufrió, y ofreció este dolor, por la situación de persecución religiosa en México. Su obsesión fue la de entregarse a la oración continua por su patria y por la instauración del Reinado Social de Cristo en México. Su director espiritual fue durante 42 años Monseñor Luis María Martínez, y al ser nombrado éste Arzobispo de México D.F., Sor María Angélica sintió que se acercaba el momento del regreso a su país. El 3 de junio de 1948 parte de España, rumbo a México, en cuya capital funda un monasterio. En esta santa casa, consagrada al amor y la reparación, muere de bronconeumonía y en olor de santidad el 12 de julio de 1977.

En la exhumación de su cadáver se encontró en el esternón un orificio delante del corazón, sin lugar a dudas, la muestra física de la aceptación de su inmolación a Cristo como víctima de expiación. Su corazón fue traspasado por el Amor Divino.


"Esta gracia de la herida física del corazón, en la Madre María Angélica, se constata con la transfixión de su hueso esternón, que se descubrió en la exhumación de sus restos en el Panteón Español, el día 8 de mayo de 1985. Efectivamente, en el hueso esternón se observó un orificio circular de unos cinco milímetros de diámetro, perfectamente conseguido, cuyo origen no tiene explicación anatómica. Esta admirable perforación, hecha durante su vida, está sellada con tejido cortical que recubrió el orificio y no permitió al tejido esponjoso rellenar ese conducto, por el que pasaba lenta y constantemente la fuerza divina que hería y regalaba el corazón de la Sierva de Dios". 
(Don Pedro Fernández Rodríguez, biógrafo)